What we must

De música, buena onda y otras hierbas.

02 octubre, 2005

Las Kill Bill chilenas

Si los jugadores de “La Selección” fueran tan buenos para la pelota como lo son para las patadas y combos las artistas marciales criollas, Chile sería un país de campeones. Porque en contraposición a la interminable lista de tristezas y frustraciones que “la pasión de todos” nos ha dejado, arriba del tatami, con las protecciones puestas y la energía canalizada, las chilenas definitivamente la llevan.

De muestra un botón: En noviembre de 2004 se celebró en nuestro país el segundo campeonato mundial de Choy Lee Fut, una de las vertientes más tradicionales del Kung Fu. A pesar del casi absoluto desconocimiento, en aquella oportunidad las medallas de oro se quedaron en casa, gracias a los puños y pies de Carolina Barros, quien ganó en la modalidad de Sanda (combate).

Otro éxito, tan rotundo como desconocido, fue el que obtuvieron los representantes nacionales de Hankido, en el campeonato celebrado en Seúl el año pasado. A pesar del evidente favoritismo de los anfitriones (Hankido significa “El camino de la energía del pueblo de Korea”) las tan anheladas preseas doradas descansan en un dojang chileno.

Es que para tener éxito en las artes marciales no se necesita tener los ojos rasgados o hablar en un idioma incomprensible. Los únicos requisitos básicos, independiente de la disciplina que se practique, son una fuerza de voluntad a prueba de bokenes, sables y katanas, y un ilimitado espíritu de superación.

CONCENTRANDO ENERGIA
Carolina Barros es artista por donde se la mire. En el colegio practicó gimnasia artística, estudió Arte en la Universidad Católica, y a pesar que nunca se tituló, pinta y se dedica a la restauración de marcos. Pero a las artes marciales, llegó casi por casualidad. Un amigo suyo le pidió que lo acompañara a una clase de Kung Fu, para que juntos vieran si les interesaba. “Desde esa vez que nunca más dejé de venir. Hablando honestamente, a mí se me ha hecho una adicción. Si me ausento una semana, como que empiezo con síndrome de abstinencia, siento que me falta algo”.
Carolina siente que llegó al Choy Lee Fut en el momento justo de su vida: “Me había separado recién, estaba mal y necesitaba un escape para todo lo que sentía, porque pintar sentada no es lo mismo, uno necesita como un uhhh, evacuar todo lo que tiene dentro. A mí lo que me sedujo fue la disciplina, el orden, la intensidad de los ejercicios, ver el cambio en mi cuerpo, como adelgacé y me endurecí, cómo cambió mi actitud frente a la vida, me siento como mejor parada frente al mundo”.
“Al principio venía a entrenar con regularidad, me gustaba y lo pasaba bien, pero no conocía tan profundamente esta disciplina”, explica. El gran cambio se produjo el día de su primer combate. “Cuando me puse los guantes y me subí al tatami, supe que era a matarse, fue en ese momento, cuando conocí el arte del combate, que me di cuenta que esto era lo mío. Es como una adrenalina, una fascinación, no sabes si te van a sacar la cresta o no, pero estás ahí”
Por eso, cuando supo del mundial, decidió entregarlo todo, porque la que se le venía era una empresa muy, muy difícil, ya que en el tatami sus contendoras tendrían la mitad de años que ella, por eso su preparación fui extremadamente exigente: trotó y entrenó diariamente por ocho meses, dejó de carretear, comió ají, se tiñó el pelo rojo y practicó la abstinencia sexual, todo para concentrar la mayor cantidad de energía. “Yo estoy en la quemada, tengo 35 años y me tocó pelear con niñitas de 15 y 16. Por eso mi entrenamiento fue durísimo, porque quería ganar, y al parecer el esfuerzo sirvió” comenta orgullosa.
El Choy Lee Fut es una de las vertientes más tradicionales del Kung Fu. Combina las técnicas de mano del sur de China, con las técnicas de pierna del norte. La primera escuela la fundó en 1836 el gran maestro Chan Hueng, quien enseñó sus conocimientos a sus hijos para mantener viva la tradición. El heredero actual es el gran maestro Chen Yong Fa (quinta generación), también conocido como Jerng Mun Yu, que quiere decir el Guardián del sistema. A Chile llegó de la mano del Sifú Raúl Toutin, el entrenador de Carolina.
De momento tiene dos grandes objetivos, el primero, el mundial en China, para la conmemoración de los 200 años del natalicio del fundador. “Me encantaría volver con las medallas, porque se realiza allá, dónde empezó todo” cuenta con entusiasmo. La otra, “Humildemente, me gustaría ser cinturón negro, siento que tengo las condiciones, estoy completamente dispuesta a esforzarme lo requerido, quiero llegar alto, bien alto”.

HOT DOG Y TE
Otra disciplina donde una chilena brilla con colores propios es en Hankido. Claudia Silva, una joven pequeña y menuda, ya se ha coronado en dos oportunidades campeona mundial en la modalidad de hosinsool (combate individual), además de obtener igual resultado junto con sus compañeros en la modalidad hankido y Hankomdo (exhibiciones por equipo).
A pesar de ser una de las disciplinas más jóvenes dentro de las artes marciales, el Hankido tiene raíces ancestrales. Fundado a principios de la década pasada por Myong Jae Nam, Kuksanim, sintetiza en un sistema unitario otras artes marciales coreanas, como el Tae Kwon Do y el Hapkido, junto con danzas y rituales tradicionales de ese país. De hecho, una de sus influencias es el alfabeto coreano, por lo que una determinada técnica (forma) podría traducirse como una palabra, eventualmente.
El gran promotor de esta disciplina, en Chile y Latinoamérica, es Alberto Gamboa Hoonsanim (que quiere decir profesor de arte marcial tradicional), quien es el maestro no coreano de más alta graduación en el mundo, y el instructor de Claudia y sus compañeros.
Uno de los grandes karmas que carga el Hankido es su “parentesco” con el Aikido, sobre todo, porque Kuksanim fue discípulo del fundador de éste. Más allá de la similitud fonética, lo cierto es que provienen de países distintos, por lo que recogen tradiciones culturales distintas. Para Gamboa la respuesta a este dilema es bastante más oriental: “Los hankidokas no conocen el Aikido para opinar de sus técnicas, y los aikidokas no conocen nuestro arte para opinar de nosotros, sólo podemos decir que no es lo mismo”.
Claudia comenzó a practicar a los 11 años, cuando todavía era Hapkido, porque sus padres querían que “practicara algún deporte”. Lo que jamás imaginaron es que este “deporte” se transformaría en una fuente tanto de dolores de cabeza como de gratificaciones. “Cuando salí del colegio yo quería dedicarme a esto, pero mis papas insistieron en que entrara a la universidad. Entré a diseño, hice mi mejor esfuerzo, pero no era lo mío” explica.
A pesar de la resistencia inicial, le permitieron dedicarse al estudio de su arte, con la condición de que se esforzara al máximo. Al parecer cumplió, puesto que a sus 25 años, amen de sus laureles internacionales, ya es cinturón negro tercer dan y se perfila como una muy buena instructora.
En 2000 se realizó el primer mundial de la especialidad. Un año antes “Hoonsanim nos llama y nos cita en una YPF. Ahí, con un hot dog y un té en vaso de papel, lo recuerdo perfecto, nos dijo que quería viajar a Corea, pero más que participar, si íbamos, tenía que ser para ganar. En ese momento nos juramentamos para volver a casa con el triunfo”, rememora.
“En el avión Hoonsanim nos repetía que no veríamos lo que esperábamos, que no por ser orientales tenían que ser los mejores. Y tenía razón. Al final de uno de nuestros entrenamientos previos a la competencia, uno muy normal, casi como una clase acá, todos nos aplaudieron y felicitaron, en ése momento supimos que ganaríamos –enfatiza–. Allá nos molestaban, nos decían “cabezita negra qué van a hacer”, pero demostramos que en Chile se hace el mejor Hankido del mundo” recuerda con orgullo. “Cuando ganamos sentí como una sensación de patria, aunque nadie lo supo ni nadie la sabrá, pero dejamos bien puesto el nombre de nuestro país”.
En el segundo mundial Claudia revalidó su medalla en hosinsool, pero el triunfo que tuvo un sabor especial fue el de formas grupales. El día antes de la competencia, Gamboa se cortó 2 tendones de un hombro. A pesar del dolor, se subió al tatami frente a sus pupilos y realizaron su shibom (presentación), con la que obtuvieron la victoria.
El futuro de Claudia está íntimamente ligado a su arte. “A los 60 años me veo practicando igual que ahora. Pero me gustaría que fuera en un Dojang propio (hoy arriendan el espacio que ocupan), ojalá uno grande, bien grande, para tener que hacer clases con megáfono”, porque como ella explica, más que un arte marcial, o un mecanismo de defensa, el Hankido es una forma de vida, su forma de vida.

LA BUSQUEDA
Pero como no todo en el camino del guerrero es combate y pelea, la última escala de este viaje es el Aikido, un arte marcial japonés cien por ciento defensivo, nacido en el período de entre guerras, que combina técnicas de Judo, Ju jutsu, Ken jut su y Dayto ryo, junto con los principios filosóficos de la secta Omoto, perseguida en el Japón imperial por pregonar la No violencia.
Su fundador Morihei Ueshiba O’sensei (gran maestro), fue un extremadamente dotado artista marcial, que incluso a los ochenta años era capaz de desarmar a cualquier enemigo o inmovilizar a un oponente con un solo dedo. Sirvió como soldado de infantería en la guerra Ruso-nipona y fue instructor en las academias militares de elite japonesas. Pero fue precisamente la guerra la que lo llevó a desarrollar un método para combatir la violencia.
Ueshiba concibió al Aikido como un camino para ayudar a los seres humanos a vivir en armonía unos con otros, como una gran familia. Su nombre es la conjunción de los vocablos ai (armonía, amor) ki (la energía vital de todo ser viviente) y do (camino).
María Eugenia Sensei lleva más de 17 años estudiando su arte. Su Dojo se llama Han kai no to (que significa “puerta entreabierta”), porque no cualquiera cruza su umbral, ya que lo siente como una casa en la que cada aikidoka es parte de la familia. Una de sus “hijas” más antigua es Pilar Aguilar, estudiante de enfermería de segundo año, para quien “El Aikido es lo que me justifica el mundo, en él encuentro las respuestas a todo lo que sucede. Todo lo que yo hago está permeado con las leyes de acá. Por ejemplo en la universidad, cuando hay que hacer un trabajo y nadie hace nada, yo me preocupo de darle un sentido y empujar al grupo. Aprendes a lidiar con esas situaciones, si hay que pasar por un espacio pequeño, me voy a doblar para conseguirlo, pero no va a ser un impedimento a mi desarrollo” explica.
Es que más que un sistema de combate, sus practicantes definen al Aikido como un método crecimiento personal. No existen torneos, competencias o combates, ya que su objetivo no es derrotar al oponente, sino que neutralizar los rasgos negativos que residen en cada persona. No posee técnicas de ataque, sino que se utiliza la energía del agresor para inmovilizarlo, causando el menor daño posible.
Marcia Rebolledo, reflexóloga y akidoka hace más de cuatro años, explica que “Los principios básicos son la no confrontación, dejar pasar y aprovechar la energía del oponente para desequilibrar o inmovilizar. En la vida diaria es lo mismo. Antes era muy confrontacional, iba a la patada y el combo altiro. Es que vivía acelerada, tuve mellizos lo que me hizo funcionar súper rápido, porque tenía que agarrarlos con manos, pies o lo que fuera. Aquí aprendí a respirar, a dejar pasar, a no responder a todo y he notado cómo ando más contenta, me río más, las cosas cotidianas las hago más feliz”.
Luz María y su marido Juan Carlos llevan año y medio entrenando, y reconoce el mismo fenómeno. “A medida que practicábamos, empezamos a vernos a nosotros mismos en el Aikido, y la verdad es que es un espejo. Tú te muestras tal cual eres, no puedes ocultarlo. En las caídas, si tienes problemas emocionales, caes mal por el lado derecho, si son laborales, por el izquierdo. En la caída uno se golpea, entonces toda tu mochila, todo lo que traes se mueve y cae contigo” asegura.
“Por eso –explica Pilar– algunos que comienzan a practicar, después de un tiempo lo dejan, porque no tienen el valor para enfrentarse a sus aspectos negativos. Mucha gente pasa por la vida así nomás, sin un propósito, sin un fin. El espíritu del aikidoka está cuestionando, preguntando, el aikidoda es quien está en una permanente búsqueda”.

Artículo publicado el xxx de yyy de 2005 en revista Mujer, La tercera.